Punto de vista
LA LENGUA FRANCESA
Y LA GLOBALIZACIÓN
por Carlos Leáñez Aristimuño
corresponsal de la Unión Latina en Caracas (Venezuela)*
Quien haya tenido la dicha de aprender más de un idioma, habrá
constatado que las lenguas no son códigos neutros e intercambiables, sino verdaderas
ventanas que nos dan una visión diferente del mundo y la vida según nos asomemos a una u
otra. Así, en algunas, el pasado no es aquello que está atrás, sino delante de
nosotros, puesto que ya lo hemos vivido y lo tenemos ante nuestros ojos; mientras que el
futuro, tiempo del que todo desconocemos, se encuentra a nuestras espaldas, ya que no
podemos verlo. (...) "Por la lengua penetra en nosotros la sociedad, al tiempo que
penetramos en la sociedad gracias a ella. La adquisición de una lengua extraña no es
simplemente un conocimiento más, es frecuentemente hacernos pensar con estructuras de
otra colectividad de hombres, adherirnos hasta cierto punto a la estimativa de otros, a
sus gustos y quizás a sus hábitos", señala certeramente García Pelayo. No debemos
entonces extrañarnos de que cada idioma sea el vehículo del genio de cada pueblo.
Encontramos así en el alemán la profundidad y lo minucioso; en el inglés, el sentido
práctico; en el francés, la claridad, el refinamiento. Y todo ese universo lingüístico
se mezcla y entremezcla: se enriquece. (...) Hoy, este universo de intercambio fructífero
se halla torpedeado. Hoy, la ruta del intercambio toma cada vez más un sólo sentido.
Hoy, el coro de voces podría concluir en un solo aburrido, monocorde, empobrecido y
empobrecedor. Por un lado, resulta fascinante ver cómo las distancias se acortan, cómo
caen las fronteras, cómo se acelera el comercio, cómo lo que ocurre en las antípodas
nos afecta inmediatamente. Sí, sabemos que nuestra nave es la tierra y la tripulación la
humanidad toda. Pero, por otro lado, cuando oigo cómo gerentes de alto nivel balbucean un
español que parece una parodia calcada del inglés, cuando veo a nuestros científicos
incapaces de expresar su saber en su propia lengua, cuando recibo en mi propio país
bienes y servicios en idioma extranjero o acompañados de un manual de instrucciones
incomprensible, me pregunto... ¿debe la humanidad pasar por la homogeneización a cuenta
de la globalización? No y mil veces no, pero... ¿cómo hacer?
Ningún pueblo, ninguna cultura, a menos que aspire a aportar algo a la humanidad, puede
perder sus rasgos esenciales. Se trata de enriquecerse y enriquecer, estar en el mundo
desde nuestra casa, es decir, desde nuestra lengua. Debe entonces ella constituir uno de
los puntos centrales de nuestra preocupación sobre el futuro.
Muy bien ha entendido esto el mundo de habla francesa: la francophonie. Hablado por
el 2,5 % de la humanidad en 47 países a lo largo de cinco continentes, lengua oficial de
33 países y de casi todos los organismos internacionales, el francés resulta una de las
grandes lenguas de comunicación a nivel mundial. Sin embargo, en sectores como las
grandes empresas, las finanzas, la investigación científica, las redes informáticas y
el mundo audiovisual, ha perdido posiciones. La persepción del peligro que esto reviste
para la existencia de la francophonie la ha llevado al debate y a la acción. De
ellos han resultado leyes, instituciones, políticas y, sobre todo, la conciencia de que
la lengua es nuestra casa en el mundo. De esta manera, la francophonie busca
activamente el punto de intercambio óptimo con la contemporaneidad: recibe de los otros y
a los otros, al existir como ente distinto, les aporta.
La hispanidad como un todo debe también debatir el asunto y pasar a la acción. El estado
del debate sobre la lengua en nuestro país parece limitarse a señalar un escaso
vocabulario y falta de dominio de la gramática por parte de muchos hablantes, lo cual
siempre ha ocurrido y ocurre en enormes capas de la población en todos los idiomas y
países. El problema fundamental es que nuestra lengua resulta cada vez menos apta para
darnos acceso a áreas clave de nuestro tiempo, por lo cual aprendemos sistemáticamente
otra que sí nos las da. De mantenerse esta tendencia, el español desaparecerá de la
vida pública, se arrinconará en nuestros hogares o terminará por desaparecer... y
nosotros como pueblo también.
Para evitarlo debemos pensar en una política panhispánica de afinzamiento de nuestro
idioma en el mundo, resguardando, por una parte, el derecho de todo hispanohablante a
vivir en su idioma dentro de su país y, por otra parte, haciendo un gigantesco esfuerzo
para que la nuestra sea una lengua capaz de asir todo fenómeno contemporáneo. Pensemos
entonces en un tratado panhispánico que prescriba la obligación de presentar en nuestros
países los bienes y servicios en español, tal como lo hizo el Quebec. Así, a la par que
protegemos un derecho indiscutible de nuestros hablantes y garantizamos un uso óptimo de
los mencionados bienes y servicios, daremos un enorme impulso a nuestro idioma como lengua
internacional del comercio. Pensemos igualmente en una insistencia constante de la Unión
Latina: la necesidad de una sistemática política panhispánica de traducción que nos
permita generar los neologismos imprescindibles para asir la contemporaneidad. El hecho de
que cada año en inglés se generen de 4 mil a 10 mil neologismos, nos da una idea de la
magnitud del reto. Francia, Alemania y Japón son países que realizan sistemáticos
esfuerzos para reducir la brecha terminológica. ¿No serían éstos puntos verdaderamente
trascedentes para la Cumbre de Jefes de Estado Iberoamericanos?
Creo que no hemos encontrado un punto de intercambio óptimo con el mundo. Algunas veces
siento que la falta de percepción de cuestiones básicas nos instala a muchos en un
cómodo crucero cuya primera escala es el spanglish, la segunda Puerto Rico y la
tercera el ser otra estrella, ya anglohablante, en la bandera estadounidense. Otras veces
oigo voces que, temerosas del mundo, quisieran confinarnos a un terruño de gastronomía
local, ritos criollos y expresiones vernáculas. Pienso entonces en de Gaulle como figura,
en el Quebec como pueblo, en el mundo de habla francesa, en esa francophonie y veo
en ella, a la par de una apertura a los otros, un afán de ser distintos, unos fuertes
bríos individualistas, una voluntad de sana independencia, un sereno orgullo del legado
de su historia y, ante todo, de su lengua. Rasgos éstos especialmente pertinentes en este
fin de siglo, ya que la globalización resultará una oportunidad de rico intercambio y
evolución para los pueblos que sepan mantener su esencia y para los que no, será
implacable aplanadora.
* Artículo publicado en el diario El Nacional de Caracas, el 6 de abril de 1997.
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